Con la promesa de que con la reforma energética propuesta por el Presidente de la República Enrique Peña Nieto bajará el costo de la luz y el gas, notándose ello en los recibos, bajo el amparo del ícono del petróleo en México, Lázaro Cárdenas del Río, se pretende sacar la modificación constitucional necesaria que permita la participación privada en la exploración, en un esquema de riesgo compartido, de yacimientos de petróleo en espacios probables y profundos del Golfo de México, así como de gas natural.

Dos elementos considero que no deben perderse de vista en la propuesta de “reforma energética”:
1. El petróleo es un producto no renovable. Desde pequeño, con las láminas que comprábamos para los trabajos del 18 de marzo, Día de la Expropiación Petrolera, me quedó claro que ese producto de la naturaleza es no renovable. Luego, conocí que es una parte fundamental como fuente de energía, con la que se mueve el mundo, su economía, las comunidades, las personas a fin de cuentas.
Después, si observo las llamadas reservas de petróleo y otras fuentes de energía no renovable desde probables hasta las probadas, la producción (explotación) de petróleo en México va en picada y está concentrada en no más de 15 países en el mundo, y de éstos, de empresas privadas.
Ahora bien, al ser un producto no renovable, que es fundamental hoy en la economía de países y en su conjunto (no se diga en México), que está en declive, le da un valor que supera y que irá en aumento en lo que se refiere a la economía, pero más aún, en la soberanía y rectoría de una nación, de un Estado. Las fuentes de energía son asuntos de estrategia y seguridad nacional, más que de ganancias a corto plazo.
Centrar el debate en la no capacidad para explorar (de ahí invitar a particulares) y no situarlo con visión a largo plazo, y más aún, sin propuestas de reconversión energética, es muestra de miopía (delirante por los coros propagandístico-mediáticos), o bien, de intereses económicos que subordinan el nacional a los del grupo en el poder.
Anuncios