Hace 14 años se armó un auto para los y las ciudadanas, un auto llamado “ley de transparencia”.

Fue un auto sencillo, compacto, con el que cualquier persona podría ejercer un derecho apenas incipiente, el derecho de acceso a la información pública.

Con ese auto, se pensaba, cualquier persona podría recorrer el ejercicio de la función pública, dirigirse al lugar que quisiera sobre lo que se hiciera, se haría o se había hecho con recursos públicos.

Con el tiempo, las ciudadanas y ciudadanos comenzar a darse cuenta que ese auto compacto no los llevaba a donde ellos querían, incluso, el camino se hacía tortuoso, complicado. El chofer designado, en muchas ocasiones aprovechaba las condiciones del auto para no llevar a los dueños del auto al destino que ellos querían y por el camino que ellos decidían.

El auto tuvo que ajustarse a las necesidades del dueño, las ciudadanas y el ciudadano.

Cada vez que el auto se ajustaba, con mejores llantas, mejores asientos, más luces, mejor motor y chasis, mejor suspensión, los dueños comenzaron a darse cuenta que ante un mejor auto, necesitaban choferes más hábiles y capaces para usar el auto.

¿Qué nos ha pasado en estos años? Pareciera que nos preocupamos por tener el mejor auto, el más potente, el más cómodo, el más práctico, el más efectivo y eficaz; pero hemos olvidado que a la par se requiere un mejor chofer. Sin alguien que conduzca correctamente el auto, aunque sea el mejor, el auto no sirve.

Incluso, aunque tengamos el mejor auto y chofer más cualificado, si no hay usuarios del auto que lo usen, éste permanecerá guardado en una cochera, en un estacionamiento; será un artículo de admiración, pero sin utilidad alguna.

Por otra parte, no hay que perder de vista que entre más usemos ese auto, requerirá de mayor mantenimiento; y si queremos llevarlo a caminos menos recorridos, esos donde se “esconden”, se “ocultan” decisiones, recursos públicos, actos de autoridad, tendremos que colocarle los aditamentos necesarios: luces más potentes, suspensiones y llantas que resistan; más combustible, cambios de aceite, agua, puertas y asientos funcionales donde todos y todas quepan.

Esto mismo, por analogía, nos ha sucedido, sucede y ocurrirá con las llamadas leyes de transparencia, que en sentido estricto son “leyes para garantizar el derecho humano de acceso a la información”.

En estos días se publicará en el Periódico Oficial El Estado de Jalisco una reforma más a la ley de transparencia. Un ajuste más a nuestro auto, al auto de todas y todos los ciudadanos; un auto que nuestros “choferes”, los funcionarios y servidores públicos deberán saber manejar para obedecer a los dueños del auto, las ciudadanas y ciudadanos; para llevarlos a donde ellos y ellas quieran, y por donde ellos y ellas decidan; sin pretextos, sin trabas legaloides, sin inventos de que por ahí el auto no puede pasar. El principio de “máxima publicidad” es el que está en la base, en el chasis y motor de la ley de transparencia.

Y si en realidad el auto no puede llevarnos a donde queremos, que el chofer nos dé razones, no pretextos; que funde y motive por qué algo no existe, es reservado o es confidencial. Y si no, que asuma las consecuencias, que responda por sus actos, que rinda cuentas, las cuales podrían llegar incluso a “despedir” al chofer.

Usemos el auto, conozcámoslos, recorramos con él los caminos más oscuros de una administración pública, vayamos con él al lugar donde algunos no quieren que se acerquen y conozcan las ciudadanas y ciudadanos.

Colaboración para Notisistema de Unidifusión.

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