“Aquí huele a mierda… investiga quién la cagó”, solía ser la instrucción de Mario Mércuri desde el periódico Siglo 21 y luego en el periódico Público (ahora Milenio-Jalisco). Se echaba andar la maquinaria de la investigación periodística. “Nuestro trabajo es revelar lo que otros ocultan y no quieren que se sepa”, puntualizaba Sergio René de Dios Corona, y para ello habría que develar; explicar y contextualizar, abundaba Juan Carlos Núñez Bustillos.

Principios que no están a la letra en ningún texto de formación periodística, pero en el quehacer sí, en lo cotidiano, en lo que inspira y mueve a un periodista.

“Panama Papers” no es una película basada en hechos reales, es una historia real hecha periodismo, por periodistas que muestra entrañas de la realidad, de lo que no se ve a simple vista, pero se huele, se intuye. Basta una pista, elementos que den certeza, y comienza la aventura y trabajo apasionado y apasionante para verificar, contrastar, contextualizar, para luego contar a todos por el interés público, el derecho a saber, a ser informado, que encierra y le da sentido.

Con “Panama Papers” (Documentos de Panamá) estamos ante una nueva faceta de periodismo, que se construye desde lo local y se arma globalmente. Un trabajo sin precedentes, colaborativo, de datos, de precisión, propia de profesionales de la información noticiosa, de periodistas.

Como muchos trabajos periodísticos, comenzó con una “filtración”. ¿Interesada? Sin duda, como toda filtración, pero el fin del filtrador superaba lo más mezquino que incluso tuviese. No fue por dinero, fue por algo más que sólo él, el anónimo, que lo llevó como “informante” a entregar a Süddeutsche Zeitung, diario alemán, 11.5 millones documentos encriptados que supusieron 2.6 terabytes de almacenaje digital.

Süddeutsche Zeitung “olió” lo que tenía entre manos. Superaba la capacidad humana para trabajar periodísticamente tal volumen de información. Le entregaron un “corte fino de carne” y no se apresuró a ponerlo sobre el sartén. Primicia y exclusividad que corren sobre las venas de cualquier periodista, se pusieron frente a los principios básicos del periodismo: veracidad y precisión.

Como en “Spotlight”, pareciera que Marty Baron, el nuevo director de The Boston Glob, le dijera a su equipo de investigación: “vamos por el sistema”, por esa red que explica y confirma cómo operan esos quiénes que hacen el qué de lo que será noticia.

“Panama Papers” muestra los quiénes de primeras planas, y la red del “dinero sucio”, como Süddeutsche Zeitung enmarca el trabajo, con un punto de anclaje: la “reina de las offshore” con sede en Panamá, Mossack Fonseca, una firma de abogados fundada en 1977, con presencia en más de 40 países, que entre sus principales “servicios” a cambio de una cuota, administra inversiones de otras empresas llevándolas incluso a los llamados “paraísos fiscales” como las Islas Caimán o las Islas Vírgenes Británicas, creando incluso empresas, gestionando compras.

Invertir o comprar, de suyo no es delito, sin embargo, invertir recursos fuera de un país y no declararlo fiscalmente sí lo es. Para ello se recurre a “paraísos fiscales”, donde la supervisión del origen de los recursos, la veracidad de la identidad de que quien “invierte” son laxos o inexistentes, además de otras facilidades para que fluya dinero.

Esto ya se sabía, se puede decir, pero faltaba la historia completa, con nombres y apellidos, que mostrara el “modus operandi”, el sistema, la red del “dinero sucio”.

Captura de pantalla (43)El “corte fino de carne” entregado se puso a disposición del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación (ICIJ, por su siglas en inglés), con sede en Washington, D.C., Estados Unidos, que integra a más de 190 periodistas de 65 países. Entre ellos y ellas, Alejandra Xanic von Bertrab.

ICIJ, proyecto del Centro para la Integridad Pública, fundado en 1989 por Charles Lewis para “revelar los abusos de poder, la corrupción y la traición de la confianza pública en las instituciones públicas y privadas”, con herramientas del periodismo de investigación, convocó y coordinó el trabajo periodístico colectivo entre sus miembros, quienes durante un año se dieron a la tarea de ordenar, revisar, analizar documentos de todo tipo, y de ahí verificar, corroborar, contrastar y contextualizar, con otras historias y sus actores centrales.

En total, trabajaron 376 periodistas de 109 medios de comunicación en 76 países. “La investigación [periodística] más grande, jamás producida”, señaló Carmen Aristegui en referencia a ICIJ.


En México participaron Proceso, con Jorge Carrasco Araizaga, Mathieu Tourliere, Jenaro Villamil; y la Unidad de Investigaciones Especiales de Aristegui Noticias, con Daniel Lizárraga, Sebastián Barragán, Irving Huerta y Rafael Cabrera.

Hace 20 años, con un dato verificado, contrastado, contextualizado, se construía la primera plana de un periódico, la entrada de un noticiero en radio o televisón; se tenía la primicia y exclusividad. Ahora se trabaja con cúmulos de datos para generar información, noticias. Ya no basta identificar a la primera, como si fuera una muestra descriptiva. Hay que ir a las entrañas que exige un periodismo de precisión, de orden, de análisis; conectar lo local con lo global, lo global con lo local (glocal). Es entrar al “mapa genético”, a su estructura interna, al mapa “eucromático” de esas redes que muestran y explican la naturaleza incluso de la corrupción, que sólo se combate conociéndola y dándola a conocer.

La dimensión del trabajo periodístico colaborativo supera con mucho lo antes conocido y hecho. La filtración de WikiLeaks en 2010 supuso documentos digitalizados en 1.7 Gigabytes; los documentos filtrados en 2014 llamados “Archivos de Luxemburgo” implicaron 4.4 Gigabytes; los documentos suizos en los que participó el banco HSBC para evadir impuestos supusieron 3.3 Gigabytes; en tanto, la primera filtración sobre secretos offshore en 2013 estuvieron en documentos digitalizados en 260 Gigabytes; y ahora, con “Panama Papers” es diez veces mayor: dos mil 600 Gigabytes (2.6 Terabytes).

“Panama Papers” es periodismo colaborativo, dimensión y requisito básico para la investigación glocal, que muestra lo necesario y apremiante que es, sobre todo frente a quienes consideran que “cualquiera puede hacer periodismo” en entornos de mayor acceso y disponibilidad de información. No basta tener un “corte fino de carne” en las manos, hay que saberlo guisar y ofrecer.

 

Publicado originalmente en Revista Colibrí. 5 de abril de 2016

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